18 de enero de 2017
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LANCEROS DE PLATA: LA INVASIÓN FRANCESA

LANCEROS DE PLATA

Hasta el Cerro de los Magueyes llegaba el gobierno impuesto por los franceses, los franchutes, como les llamaban por acá. Unos contentos, otros indiferentes, los hombres de paz se plegaron a las nuevas autoridades, a cuya cabeza se encontraba Maximiliano, el emperador traído del Viejo Mundo. Una corte formada por europeos, fascinados por el exotismo de nuestras tierras y raíces, y por mexicanos deslumbrados por polkas, minuetos y protocolos reales, disfrutaban de las tertulias en el Castillo de Chapultepec. A Toluca vinieron en octubre de 1864, el mes de los atardeceres mágicos y la luna deslumbrante; los hospedó doña Soledad Pliego de Albarrán.

Había también republicanos de corazón ardiente, dispuestos a dar la vida por devolverle el poder al presidente Juárez; pero, ¿cómo vencer a un ejército poderoso, como el de los franceses? La estrategia antigua y siempre vigente fue la guerrilla.

En todos los rincones del país se organizaron grupos pequeños y hábiles, formando extensas redes que parecían comunicarse por telepatía. A falta de armas y pólvora se especializaron en el manejo de la lanza y se llamaron “lanceros”.

Cuenta la tradición que en el cerro de Metepec se ocultaba un grupo pequeño, pero enorme por su bravía y eficacia en el asalto: Los Plateados, llamados de esa manera por el apellido de su jefe, Esteban Plata. Eran hábiles para alancear franchutes y esfumarse en el campo, que hay quien asegura que fueron fantasmas.

En 1865, llegó el momento de tomar Metepec. Lanceros de Toluca y Plateados se lanzaron contra la casa del alcalde Julián Gutiérrez, transformada en cuartel. En la lucha murieron hombres y mujeres, entre ellos las hijas de don Julián, convertidas en soldados de la defensa.

El éxito republicano alimentó la guerrilla, hasta que casi dos años después, el general Riva Palacio entrara triunfante en Toluca, capital del Estado. Las campanas de todo el valle cantaron la victoria, y entre la población se escuchaban estos versos, recitados con regocijo:

“Fue el padrenuestro que se rezó por el imperio que se murió”.

Por muchos años, en la explanada de El Calvario, como parte de las festividades del 15 de septiembre, se escenificaba la batalla de chinacos contra franceses.

LLENANDO LAS REDES

LLENANDO LAS REDES

También de la familia chichimeca, llegaron poco después nuevos grupos. Consigo llevaban siempre una red atada a la frente. En ella cargaban las madres a sus hijos pequeños; el maíz seco, alimento y semilla de futuras cosechas. Los hombres le daban usos variados: servía para cazar y pescar, para desgranar el maíz y para matar a sus enemigos.

Se llamaron a sí mismos nepinthathuhui, que en su avanzada lengua —provista de sufijos y desinencias— significa “los de la tierra del maíz” o nentambati, “los del medio del valle”. En náhuatl se les decía matlatzincas, “los hombres de la red”. Habían aprendido que no todos los años los dioses están del lado de los agricultores, se necesitan reservas para los malos tiempos.

Sus señoríos hicieron del valle un sitio próspero en el siglo XI. Bosques madereros, algodón, maíz, hortalizas, caza y pesca, conformaban su riqueza. Ésos eran los elementos sagrados que regían su calendario de fiestas.

El Cerro de los Magueyes era —igual que para los antiguos habitantes— un sitio sagrado. Allí yacían los restos de nobles y caciques. Su memoria quedaba protegida por la ciudad amurallada de los dioses: Teotenango, por el imponente Chiuhnauhtecatl o Xinantécatl, por el cerro del dios Coltzin, por las lagunas y el gran río, allende el cual, los ambiciosos mexicas observaban, recelosos.

LOS PRIMEROS ASENTAMIENTOS TEOTIHUACANOS

LANCEROS DE PLATA

Los trajos a las faldas del Cerro de los Magueyes, en el siglo VII de nuestra era, quizás el afán de aventura, la vocación exploradora para buscar nuevos caminos al comercio, o tal vez el deseo de tierras más fértiles, cuando las suyas comenzaron a agotarse. Salieron de Teotihuacan y viajaron hacia el poniente, rodeando el gran lago en cuyo islote habitaban solamente los nopales y las águilas.

Regado por la infinidad de arroyos que bajaban del volcán nevado hacia el Río Grande y sus lagunas, encontraron el sitio.

En la ladera sur del cerro poblado de magueyes descubrieron la señal: el valle enmarcado por la blanca silueta del Xinantécatl, con la misma forma de talud del Cerro Gordo con que remata el paisaje, tras la pirámide de la Luna, allá en su ciudad de los dioses. Había montes sagrados, había agua: era un buen lugar para permanecer; el cielo y la tierra parecían invitarlos. Entonces instalaron su aldea; construyeron casas, labraron la tierra para sembrar aquellos granos amarillos que un día les permitieron hacerse sedentarios. También conocieron el dolor en la espalda después de largas jornadas, el gozo de ver el fruto del trabajo, la impotencia ante las fuerzas destructoras de la naturaleza.

Mientras esperaban el milagro de la tierra, buscaron arcilla, moldearon cazuelas, tallaron en piedra los utensilios necesarios, en obsidiana las puntas de sus lanzas. La existencia era tranquila, lejos del bullicio de su gran ciudad; el alimento abundaba. Bajo el cielo estrellado las parejas se amaron; tras el trueno de la tormenta escondieron disputas. Después de la cosecha nacieron sus hijos. Había muchas razones para agradecer a los dioses y otras tantas para calmar su ira; con flautas de barro entonaban cantos imitando a las aves y al viento.

Pasaron muchas veces el sol y la luna; los viejos murieron. Los enterraron de acuerdo a su lugar en el calendario: unos de oriente a poniente, pues eran hijos de Quetzalcóatl; otros de norte a sur, ya que pertenecían al dios de la muerte.

Décadas después se les unieron algunas familias toltecas. Trajeron nuevas formas de trabajar el barro y el conocimiento de la metalurgia. Juntos continuaron el culto a la serpiente emplumada.

METEPEC: CAPITAL DEL ESTADO DE MÉXICO

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Aun la tranquilidad de estas tierras —apenas embargadas por la Corona española a los descendientes de Hernán Cortés— se conmocionaron ante la noticia: desde el 27 de septiembre de 1821 formaban parte de un país independiente, el cual nunca más se llamaría Nueva España ni nueva nada. Hasta en las milpas en cuyo horizonte aparecía siempre el Cerro, desde los solares de magueyes, las iglesias y capillas, las haciendas y huertas, se percibía la inestabilidad, el ir y venir de sistemas de gobierno, los levantamientos por tierras y agua.

En 1824 la nueva constitución marcaría los límites geográficos: Metepec quedaría dentro del distrito de Toluca, perteneciente a su vez al nuevo Estado de México, cuya capital sería primero Texcoco, luego Tlalpan y finalmente Toluca.

La inestabilidad de nuestro joven país no pasó inadvertida a los vecinos del norte y los antipatriotas manejos de Antonio López de Santa Anna les dieron finalmente el pretexto necesario para enviar sus tropas hasta el corazón de la República.

El Congreso autorizó de inmediato el traslado de los poderes hacia Sultepec, en febrero de 1848. Pero alguna estrategia, o quizás la prisa, hicieron de Metepec el destino de los legisladores y del gobernador del Estado. Aquí se quedaron hasta abril. Luego, ya vuelta la calma y reinstalados en Toluca, recordaron, como era todavía propio de la gente honorable, agradecer al pueblo que los había albergado elevándolo a la calidad de Villa. Así lo ordenaron mediante el decreto noventa y siete, del 15 de octubre de 1848.

Metepec no olvidaría nunca esos tres meses, cuando circunstancias adversas le devolvieron importancia, como hace siglos atrás, los conquistadores españoles lo hicieron cabeza de doctrina. Orgullosos, los metepequenses seguimos celebrando, cada 15 de octubre, el aniversario de la Villa.

NUEVOS REYES, NUEVOS DIOSES: LA CONQUISTA

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A Hernán Cortés le llegó el rumor: del Valle Matlatzinco, allende el Río Grande, llegarían bravos guerreros en ayuda de Moctezuma, primo de su señor Tucoyotzin, quien podría defender su derecho de sucesión al trono mexica en cuanto la gran Tenochtitlan estuvo bajo su dominio. El astuto capitán partió en secreto a visitar esas tierras. Conoció la riqueza de los señoríos del Valle de Tollocan y también sus debilidades. Había que usar la misma estrategia: dividir para vencer. A sus aliados chalcas y tlaxcaltecas se sumarían los otomíes con sólo recordarles aquellos tiempos en que eran los amos, antes del arribo de los matlatzincas, antes de la conquista de Axayácatl y del arribo de los refugiados mazahuas.

Tucoyotzin se puso, como su pariente mexica, a los pies de Quetzalcóatl redivivo sin oponer resistencia. Fue el primer bautizado en este Valle. Pero no sucedió lo mismo con los de Malinalco, cuyo calmécac era alma mater del valiente Cuauhtémoc, amén de otros jóvenes nobles, caballeros águilas y tigres.

Encomendó Cortés a Andrés de Tapia la conquista de ese antiguo oratorio, baluarte de los principales guerreros, en donde se guardaba con celo la sagrada casa del sol. Fracasaron. En menos de diez días los españoles emprendieron rauda retirada y volvieron a la capital. Entonces salió Gonzalo de Sandoval, con refuerzos combinados de peninsulares y aliados. Esta vez el Valle Matlatzinco cayó. Era el año de 1524. Cortés sumó a sus dominios Toluca, Metepec, Zinacantepec, Calimaya, Teotenango y Tepemaxalco.

Cuando fue llamado a España, dejó a su primo Juan Gutiérrez de Altamirano a cargo de la encomienda que incluía Metepec, Calimaya y Tepemaxalco. Como todo el territorio de la Nueva España, el Cerro de los Magueyes y sus alrededores fueron objeto de insidia entre los nuevos amos. Y como toda aquella civilización asesinada por el hierro, la pólvora, el caballo, la ambición y la astucia, el cerro sagrado, morada de nobles difuntos, se cubrió y rodeó de nuevos templos.

Mandó el virrey don Luis de Velasco, en 1561, que fuera esta tierra cabecera de doctrina. Llegaron los frailes de San Francisco y construyeron iglesia y morada con manos indígenas. Ha querido el destino que sigan en pie, son todavía patrimonio y orgullo de nuestro tiempo y de generaciones venideras.

SUEÑOS DE INDEPENDENCIA

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Igual que trescientos años antes la viruela prendiera, asesina, entre los naturales, así se extendieron en la Nueva España las ideas, consideradas subversivas, de la Ilustración francesa. Casi tres siglos llevaban los peninsulares explotando la tierra y el subsuelo, a indios, mestizos, negros y aun a los de su propia sangre, sólo por ser nacidos de este lado del océano. La opresión cansa, la paciencia se agota hasta entre los más serenos; así sucedía entre la gente de paz que poblaba los alrededores del Cerro de los Magueyes. Terratenientes, autoridades civiles y religiosas, rivalizaban y trataban de obtener la mayor riqueza, a costa del trabajo humano.

Las noticias de que por el lado de Guanajuato había comenzado el levantamiento corrieron como el viento y encendieron el corazón de muchos jóvenes, quienes sólo esperaban el momento de unirse al cura Hidalgo y seguir el estandarte de la Virgen de Guadalupe.

La expectación se convirtió en júbilo cuando aquel ejército liberador entró a Toluca con cerca de cincuenta mil combatientes, armados con palas, picos, azadones y hondas. Era el 28 de octubre de 1810. Todavía pasmado ante la sorpresa, con la torpe movilidad propia de quienes están instalados en el poder, el ejército realista con armas, entrenado y organizado, no había logrado detener el avance de aquella turba.

Dicen que en su ruta hacia la ciudad de México por Atenco y Santiago Tianguistenco, Hidalgo, el héroe que todos querían ver de cerca, pasó por Metepec. Hubo quienes aseguraron haberlo hospedado en su casa. Porque los deseos y la admiración pueden materializar los sueños. Lo cierto es que el ejército de los insurgentes casi dobló su número con los de este valle. Gracias a ello pudo vencer a los realistas en el Monte de las Cruces.

En abril de 1812 los insurgentes pasaron de nuevo por estas tierras. Ya no los comandaba el cura Hidalgo, sino Ignacio López Rayón. Esta vez cruzaron nuestro municipio, ya empobrecido, como todo el país, por la guerra y la falta de manos para cultivar la tierra, tanto, que menos de un año más tarde José María Morelos ofrecería traer tres millones de pesos fuertes desde Acapulco, para aliviar la miseria de estos pueblos, desde Malinalco hasta México, ya conocidos para entonces como “el derrotero”.

TIEMPOS DE ORDEN Y PROGRESO

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A partir del triunfo de la República, en Metepec, como en todo el país, la pacificación dio paso al orden y, éste, al progreso que se reflejaba en las obras públicas, especialmente visibles en la cabecera.

El palacio municipal comenzó a construirse durante el año de 1884, en el mismo sitio donde se hallara anteriormente la casa consistorial que albergaba al cuerpo edilicio. Se inauguró el domingo 27 de septiembre de 1885, para conmemorar la consumación de la Independencia. Su fachada era de estilo neoclásico y contaba con molduras de mampostería tallada; la puerta, en forma de arco, medía dos metros de ancho y tres metros cincuenta centímetros de alto. La coronaba una campana.

Para 1889 se colocó en la plaza un kiosco de fierro, pues en ese tiempo se consideraba muestra del progreso de un pueblo. También durante ese año se instaló el reloj que todavía podemos observar frente al Palacio Municipal.

Durante las celebraciones del Centenario de la Independencia, en 1910, se colocaron en el jardín principal los bustos de Benito Juárez y Miguel Hidalgo. Este último pasó después a la escuela que lleva su nombre y, al primero, debe el parque su actual apelativo.

Las haciendas y ranchos reportaban buena producción agrícola. Pero las ganancias se quedaban, como en todo el país, en manos de unos cuantos.

A finales del siglo XIX, la ley electoral vigente era la de 1871. El gobierno municipal se componía de un presidente, un síndico y tres regidores. Cada uno de ellos obtenía el puesto por votación individual. En 1890 el número de regidores aumentó a cinco.

El padrón de 1901 para las elecciones de 1902 reportaba 244 ciudadanos. De ellos, 95 (más de una tercera parte), se registraron como artesanos del barro. El resto eran jornaleros, comerciantes, arrieros y artesanos (de actividad distinta a la alfarería). Entre todos estos votantes, sólo 57 sabían leer y escribir. Eran los tiempos de la dictadura porfirista, de los grandes terratenientes, dueños de hectáreas, familias y voluntades, quienes seguramente instruían a sus dependientes económicos para ir o no ir a votar, y, en caso de hacerlo, por quién.