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LANCEROS DE PLATA: LA INVASIÓN FRANCESA

Hasta el Cerro de los Magueyes llegaba el gobierno impuesto por los franceses, los franchutes, como les llamaban por acá. Unos contentos, otros indiferentes, los hombres de paz se plegaron a las nuevas autoridades, a cuya cabeza se encontraba Maximiliano, el emperador traído del Viejo Mundo. Una corte formada por europeos, fascinados por el exotismo de nuestras tierras y raíces, y por mexicanos deslumbrados por polkas, minuetos y protocolos reales, disfrutaban de las tertulias en el Castillo de Chapultepec. A Toluca vinieron en octubre de 1864, el mes de los atardeceres mágicos y la luna deslumbrante; los hospedó doña Soledad Pliego de Albarrán.

Había también republicanos de corazón ardiente, dispuestos a dar la vida por devolverle el poder al presidente Juárez; pero, ¿cómo vencer a un ejército poderoso, como el de los franceses? La estrategia antigua y siempre vigente fue la guerrilla.

En todos los rincones del país se organizaron grupos pequeños y hábiles, formando extensas redes que parecían comunicarse por telepatía. A falta de armas y pólvora se especializaron en el manejo de la lanza y se llamaron “lanceros”.

Cuenta la tradición que en el cerro de Metepec se ocultaba un grupo pequeño, pero enorme por su bravía y eficacia en el asalto: Los Plateados, llamados de esa manera por el apellido de su jefe, Esteban Plata. Eran hábiles para alancear franchutes y esfumarse en el campo, que hay quien asegura que fueron fantasmas.

En 1865, llegó el momento de tomar Metepec. Lanceros de Toluca y Plateados se lanzaron contra la casa del alcalde Julián Gutiérrez, transformada en cuartel. En la lucha murieron hombres y mujeres, entre ellos las hijas de don Julián, convertidas en soldados de la defensa.

El éxito republicano alimentó la guerrilla, hasta que casi dos años después, el general Riva Palacio entrara triunfante en Toluca, capital del Estado. Las campanas de todo el valle cantaron la victoria, y entre la población se escuchaban estos versos, recitados con regocijo:

“Fue el padrenuestro que se rezó por el imperio que se murió”.

Por muchos años, en la explanada de El Calvario, como parte de las festividades del 15 de septiembre, se escenificaba la batalla de chinacos contra franceses.